Buenos Aires, 2 de septiembre de 1957 (Carta de mi madre a mi padre)
"... llega el fin del invierno, del vaivén de mis pies sobre el pedal
la costura de esas telas amargas,
a esta hora el sol despeja los últimos temblores de la gripe
y la columna de tu madre ceñida atraviesa un patio de
malvones secos.
Oigo el murmullo del tranvía hasta donde se pierde mi vida
en sucesos familiares
atravieso el mismo patio ese murmullo
oigo el silbido del barco alejándose.
Siento pena por esas cartas que no llegan a destino
que se demoran en los puertos en las aduanas
y al igual que la vida transcurren..."
.... Nora Perusín, de La distancia es esa frontera que se mueve
Nora Perusín fue miembro del taller literario Mario Jorge De Lellis y de la revista Mascaró. Publicó en 2007 su libro La distancia es esa frontera que se mueve. Es autora también de Los soles oblicuos y de Acerca de nosotros. En sus obras los paisajes y la vida social se mezclan con lo cotidiano, en un lenguaje poético, rico en recursos, viajamos desde los soles oblicuos de Leningrado hasta las penumbras de un patio porteño del siglo XX donde todavía se escuchaban los tranvías y transitan los temas que importan: la poesía, el amor, la soledad, la muerte, la lucha social, los desencuentros y los encuentros.
La incertidumbre de las cartas
Sobre el poema: "Buenos Aires, 2 de septiembre de 1957" Lo primero que llama la atención en este poema es el cruce de géneros: es poesía pero, a su vez, es una carta o un fragmento de una carta, encomillado como si se tratase de una cita. La autora ha tomado como fuente de escritura cartas reales que intercambiaron sus padres en la década del ´50 y ha realizado, a partir de allí un trabajo poético que, no obstante, imita el estilo de la carta.
Todo el poema está impregnado de melancolía:
En la hipálage: … esas telas amargas
En la presencia de las enfermedades y el dolor:
… los últimos temblores de la gripe
… la columna de tu madre ceñida
En las imágenes
… un patio de malvones secos
… llega el fin del inverno
En las palabras: amargas, pena
En el recuerdo nostálgico del momento de la partida: … Oigo el murmullo del tranvía hasta donde se pierde mi vida.
El poema, de tono elegíaco, lamenta la ausencia del amado y, además, recrea un escenario urbano de mitad del siglo pasado donde los sentimientos se van enlazando a las escenas cotidianas: la mujer que cose, el tranvía que pasa a lo lejos, el patio, la presencia de la madre que atestigua otras formas de vida (familia ampliada), menos comunes en este siglo que en pasado.
La lectura de este poema provoca desazón porque –como ocurre con toda escritura pero, quizás con más intensidad en las cartas- es un intento de diálogo donde el que escribe, solo, ignora si sus palabras van a alcanzar a su destinatario. Esta incertidumbre se acentúa aquí, por las líneas:
Siento pena por esas cartas que no llegan a destino
que se demoran en los puertos en las aduanas
y al igual que la vida transcurren...
Las cartas más que lenguaje son aquí objetos o seres vivos que pueden ser perdidos, extraviados. Así al dolor de la separación se suma la incertidumbre por la pérdida de las palabras, esto es, por la comunicación que mantiene unidos a estos seres separados por la distancia.
La autora ha encontrado el poema oculto, el poema que ya estaba presente (de algún modo) en esas cartas y supo atraparlo, como hacen los poetas con todas las cosas que, como las cartas (como ellos mismos) transcurren.
..................... Lidia Rocha
Este comentario fue elaborado en forma grupal por las coordinadoras y los integrantes del taller literario “El tren de la palabra”.
Escribe Nora en su blog:
Nací en Buenos Aires, en la mitad de una década y la mitad de un siglo, casi en primavera. De mi infancia recuerdo el viajar de mi padre y el cantar de mi madre. De ellos heredé el ansia y la creencia en cambiar el mundo. Tengo su constancia. Viajé por el mundo, fui, vi y volví, pero nunca canté. El primer libro de poemas que leí fue uno de Nazim Hikmet. Leía y leo todo cuanto llegue a mis manos. Participé del taller Mario Jorge de Lellis alrededor de los años 74. Sobreviví la dictadura, pero perdí amigos en ese trayecto. Después con Sergio Kisielewsky, Leonor García Hernando, Luis Eduardo Alonso, Juano Villafañe, Susana Silvestre, Ricardo Mariño y Álvaro Jiménez, editamos la Revista Mascaró por el año 85 hasta el 88. Cuando no escribo pinto y dibujo y cuando no dibujo y pinto, escribo. Y escribir calma mi silencio.
E ilustra con este poema: TALLER LITERARIO
Fuimos viajantes del transiberiano
entre la noche y el vértigo de amanecer, casi niños.
Poesía, déjanos hablar,
llegar hasta el fondo.
Escribir
poesía era
el paso de Gerard Philipe bajo la lluvia.
Fotos y sombras disipándose entre los dedos,
el retumbe de una avellaneda triste
en su marcha hacia plaza de mayo
el resplandor de la palabra socialismo
agitándose en el agua.
La memoria traiciona detalles
del rostro de esos jóvenes.
Alguien se parece a nosotros.
Alguien se parece a lo que fuimos
Queríamos llegar hasta el fondo del viaje de Cendrars,
tomar ese tren de estaciones ardientes
y atravesar el mundo como un cuchillo filoso.
No teníamos más que la poesía.
Después de todo, comprobamos
que podía arder como fogata.
Arder sola,
no ser relámpago, ni avispa
Ni nada.
(De La distancia es esa frontera que se mueve)
Nora Perusín, poeta invitada de LITERATURA VIVA, café literario, en Cátulo Bar -Scalabrini Ortiz 1687- el jueves 21 de febrero de 2008.
ENTREVISTA con Nora Perusín en LV el 21 de febrero de 2008
“No vamos a celebrar los funerales del marxismo”
por Gerardo Curiá
- La distancia es esa frontera que se mueve es tu último libro. Lo presentaste acá mismo, en Cátulo Bar, en el subsuelo, el 5 de diciembre de 2007. Fue un honor para mí acompañarte en esa presentación. El libro se encuentra dividido en dos partes: La distancia es esa frontera que se mueve, es la primera parte y Altri tempi, es la segunda. En la primera parte, recreaste poéticamente las cartas que se enviaron tus padres en la década del ´50. Un padre que recorre el mundo y descubre estos países y, por otro lado, la madre, en su paisaje, una Buenos Aires de nostalgia y de espera. En esas cartas, el mundo nace en todas sus dimensiones: la familia, la política, la ciudad, las ciudades.
- La distancia es esa frontera que se mueve es parte del transcurrir de mi vida. La idea de escribir el libro nació cuando mi hermano se fue a Alemania, el 25 de marzo de 2003.
- ¿Cómo fue acercarse a esas cartas, descubrir ese mundo, transformarlo en poemas?
- Fue bastante arduo. Yo conocía esas cartas, porque, cuando era chica, yo las leía cuando llegaban. Pero fue toda una relectura. Lo primero que hice fue archivarlas por orden cronológico. Investigué algunas cosas que sucedían contemporáneamente, temas que no aparecen en forma directa sino bastante sutilmente, hechos históricos que, a veces, están sugeridos en los poemas. Tuve que acercarme a ese metalenguaje que mis padres usaban en su correspondencia.
- Una comunicación profunda entre dos personas que se aman y también la pena por “esas cartas que no llegan a destino, / que se demoran en los puertos, en las aduanas / y, al igual que la vida, transcurren”.
- En esa época, la gente viajaba en barco y las cartas, muchas veces, viajaban en avión, entonces, calcular las distancias era bastante difícil. Un viaje en trasatlántico podía durar más o menos. Y la carta llegaba a destino cuando ya se había ido. Había problemas también, con los correos, con los transportes. Mi padre viajaba por los países del este, entonces, las cartas tenían que pasar por Roma o por alguna otra posta, desde donde las cartas eran reenviadas. En una época en que tenemos el correo electrónico, esa comunicación inmediata, parece una situación bastante extraña. El escribir cartas es una costumbre que se está abandonando. Yo conservo muchas cartas, no sólo las de mis padres sino correspondencia personal mía, con personas que he conocido en diversas partes del mundo, con amigos que ha viajado. Practiqué por años la cultura epistolar. La correspondencia actual tiene la inmediatez pero no la profundidad ni los rituales de esperar la llegada del cartero con sus cartas. Cuando yo vivía en Villa Pueyrredón, había un cartero a quien conocíamos todos y siempre le preguntaba: “Señor cartero, ¿y la carta?”. Y él siempre me respondía: “Mañana”. Y todos los días me decía lo mismo hasta que, finalmente, en el buzón estaban las cartas.
- ¿El poeta reconstruye el tiempo, la memoria? ¿Quién imagina la distancia, el que escribe las cartas o el que escribe el poema?
- Creo que sí. De eso se trata ese libro, es la reconstrucción poética de un tiempo determinado, de mi más tierna infancia. El que imagina la distancia es, en este caso, el que escribe el poema, porque la distancia que yo sentía cuando mi padre viajaba es mi distancia, no la distancia de ellos. Es la percepción de esa otra distancia, pero desde mí.
- En el poema Taller literario, nos hacés viajar por ese transiberiano…
- Les recomiendo leer Prosa del transiberiano y de la pequeña Juana de Francia de Blaise Cendrars. Creo que el taller literario Mario Jorge de Lellis fue el primer taller literario que existió. Murillo trajo la experiencia de taller literario, de la entonces Alemania Democrática, ese taller era Aníbal Ponce, allí estaban Daniel Freidenberg, Jorge Ricardo Aulicino y el turco Asís y fueron ellos formaron el taller de Lellis. Así fueron los orígenes de un taller que tuvo varias etapas. Yo pertenezco a la última etapa. Había dos o tres coordinadores: Luis Alonso, Leonor García Hernando y Juano Villafañe. Eran muchos, una vez llegamos a ser sesenta. Además de la vocación poética, teníamos militancia política, aunque no todos militábamos en los mismos lugares. El taller tuvo tres desaparecidos: Valetti y su señora, María Elena, desaparecieron en horas de la mañana, por la Panamericana. No recuerdo exactamente el lugar. Tuvo cierto contacto con la familia, antes de desaparecer totalmente. A Claudio Ostrej lo fueron a buscar a la casa y no se sabe nada desde entonces.
- ¿Cómo era el trabajo en el taller?
- Eran gente muy brava… había que sobrevivir. Una va pensando “qué lindo lo que escribe”, y sí, es muy lindo lo que escribe… para uno. Pero bueno… la cuestión es no tomar, no sé, a Neruda, a Huidobro, encontrarse a uno mismo, cuál era la voz de su poesía. Algunos teníamos hallazgos y era alabado el hallazgo pero, sino, venía el palo. Era bastante difícil, comenzábamos las cinco de las tarde y terminábamos a las diez de la noche. Y cada vez venía más gente, y más gente y más gente. Era una cosa impresionante.
- Cuando llegaste al taller… ¿vos ya escribías poesía?
- Sí escribía poesía… y me hicieron mierda.
- Otro punto importante de tu experiencia como poeta fueron la revista y la editorial Mascaró.
- La revista apareció en diciembre de 1984. Había alguien que decía que habían muerto las ideologías. Y en la nota editorial de esta revista, titulamos “Nosotros no vamos a celebrar los funerales del marxismo”, así nos presentamos. La idea era tener una revista literaria de calidad pero crear un lugar desde el debate donde nos posicionábamos como marxistas. “Mascaró” es el nombre de un libro de Haroldo Conti, no sólo reconocido por su calidad literaria sino también por su compromiso político. El tipo de intelectual con el que nos identificamos. Formamos parte del staff además los poetas que veníamos del De Lellis, Ricardo Mariño y Susana Silvestre, y los hijos de Haroldo. La hiperinflación de 1989, terminó con la revista. El proyecto editorial quedó medio trunco cuando la revista cerró. En 1999, tuvimos la idea de formar una editorial de poetas para poetas “Colección Mascaró”, y publicamos además de los que formábamos parte de la revista –Sergio Kisielewski, Leonor García Hernando, Jorge luis Alonso y yo- a María Malusardi, el libro El accidente, que nos había gustado mucho, es un libro muy bueno. Se pueden conseguir algunos libros de El cansancio de los materiales, de Leonor García Hernando.
- Ha sido un honor, Nora, que nos acompañaras. Tu libro, editado por Ediciones del Dock, así que invitamos a los lectores que se atrevan a acercarse a esa distancia aunque se mueva.-
Etiquetas: Poetas