valknutr

Un valknutr es un nudo borromeo donde cada parte se sostiene en la otra y todas en el vacío.

15.10.09

Alfredo Luna


el silencio late como piedra convulsa

en la Poesía, montaña ondulante,
algo es posible;
pero la lengua es el cuchillo de lo que no puede decir,

como un errante escalofrío
el lenguaje cristaliza.

cuánto debo morir, entonces,
para que suceda el poema?

*

lo que oyen mis ojos

sin alegría ni sosiego
me invade una creciente de palabras
que serpean riscos y presagios;
un sonámbulo artificio de signos,
para decir lo que no puedo.

mi mano forcejea
contra el caudal de musgo sonoro
y la Belleza, territorio cruel,
no me guarece.

*


si las sombras se devoran, no hacen luz

una jungla de palabras vibran indignadas
fraguan en mis pupilas para fugarse:
me empeño en rugir el aire de las cosas.
no seré dueño de mis ojos
hasta que no diga.

la noche me punza. tengo miedo que mi voz
se pudra

------de “La mirada sonora”



*

Alfredo Luna nació en Catamarca y publicó los libros de poesía Las palabras imposibles (1993), Los días demorados (2005), Los fuegos prometidos (2006) y La mirada sonora (2008). Invitado por primera vez a nuestro ciclo el 24 de octubre de 2009.

*

Sobre “La mirada sonora” de Alfredo Luna. Por Lidia Rocha.

“La mirada sonora” anticipa un “escuchar con los ojos” o un “mirar con los oídos” como suele sugerir el poeta Leopoldo Castilla también una mirada que proyecta sonidos propios sobre las cosas.
"Quien añade conocimiento, añade dolor". Eclesiastés.
El primer acápite –del Eclesiastés- y el primer intertítulo “catecismo de tempestades” nos aproximan al ámbito de lo religioso, más específicamente, del Catolicismo. Y no de cualquier modo. El Eclesiastés es uno de los Libros Sapienciales del Antiguo Testamento de La Biblia, que ha sido atribuido (pero sin certeza histórica), al rey Salomón. Se considera, sí, que su autor pertenecía a una clase ilustrada de judíos y que estaba en contacto con las corrientes del pensamiento griego helenístico, particularmente con los estoicos, cuya filosofía recomienda una actitud mesurada frente a la vida, de la cual tiene una visión pesimista. El pesimismo es innegable en el acápite (paratexto) del poema, dice: “quien añade conocimiento, añade dolor”. Por lo cual: el que más sabe, es el que más sufre. Conocimiento ligado a sufrimiento abre la puerta a un catecismo, esto es, un conocimiento religioso pero que se aplicará aquí a las “tempestades”, esto es, a los movimientos, de la naturaleza que causan destrucción.
Los poemas acceden desde allí a una atmósfera religiosa en una poesía que, desde la concisión lírica, intenta dialogar con Dios, cuya inexistencia se teme. El poeta presume, no sin rencor, que Dios mismo sea una mentira y, tomando el lugar de Dios, asume lo que más teme: que Dios no lo ame. Decide ser Dios y no amarse. El saber (de la inexistencia de Dios) es sostenido desde el dolor.
Dicen que el ateísmo es una religión invertida, a diferencia del agnosticismo, que prescinde de toda opinión respecto a los sagrado, los ateos, como el marqués de Sade, entablan con Dios una lucha a muerte donde ellos también son dichos. El poeta se acerca a Dios tan intensamente como un creyente fervoroso. Repite las palabras del rito religioso, se dirige al Cordero de Dios (Jesús) pero no para pedirle piedad ni amor sino para expulsarlo de su alma. El atrevimiento del ateo, como el del místico, por enfrentarse a otro sobrehumano, mueve a la compasión, por la disparidad de fuerzas. El ateo es un niño huérfano reclamándole al padre que lo haya abandonado: “sólo reclamé/ un padre para todas estas ausencias”. Su atrevimiento mueve también a sentir lo sagrado como una potencia insoportable. Lo sagrado ligado a lo Terrible.
Las religiones hablan del temor a Dios, como única forma de acceso al saber, por el temor el hombre puede aproximarse a la divinidad, ante la cual es minúsculo. “Delante de Dios, el hombre es nada y menos que nada”, dice San Juan. Por eso Rilke en su elegía agradece al Ángel que no lo destruya. Por eso los Dies irae religiosos anticipan el día de la “ira tremenda”, en el que Dios ordenará el Apocalipsis. El temor es el vínculo con el Poder Absoluto de lo Absolutamente Otro, del que no podemos escapar: “como los árboles/no podemos huir”. Es un miedo que nos habita y nos empuja más allá de los límites del pensamiento racional. El lenguaje poético facilita expresar esos contactos del alma con lo que la excede. Y la travesía para ir a ese lugar no es hacia fuera sino hacia adentro.
En su enfrentamiento con lo sagrado el poeta sólo tiene su voz (tiene fe en el “relámpago”). El ateo invierte los términos: Él es Dios y se juzga. No se ama, no se perdona.
Hay en estos poemas pausas, momentos de placer, donde el poeta percibe otras formas de tocar la divinidad del mundo: miró el universo “con ojos de árbol y nube”, se sintió colmado, embriagado. Pero ese placer es sólo una “demora”, una “tentación”, el Deseo por el Otro lo arrastra a una fe diferente, que le exige ponerse de rodillas, implorar y temer a la Sombra.

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